I. Gracia y castigo
El planteamiento del problema siempre ha sido sencillo y la consecuencia, absoluta. Una sentencia del mundo sobre el ser humano; gracia y castigo al mismo tiempo: vuela. Cuida con el calor del sol. Cuida con la sal del mar. Pero vuela.
En la sala del tanatorio, encima de la mesita de centro, hay un jarrón con girasoles.
Nerea se siente caer. Si es por el sol o por el mar, no lo tiene claro.
"¿Nerea? ¿Estás bien?" Sandra le toca el brazo.
El olor debería molestarle, pero lo que le incomoda son los girasoles. Se queda mirándolos. Tienen esa inclinación terca hacia la ventana, como si no supieran dónde están.
Nerea se pasa la uña del pulgar por la yema del índice sin darse cuenta - el tallo áspero, el campo, la carrera de vuelta a casa con la flor entre las manos. Aprieta los dientes antes de que el recuerdo llegue entero.
No contesta.
Sandra la coge de la mano. Es un agarre suave, sutil. Tira de ella ligeramente y Nerea se mueve sin pensarlo hacia la puerta, siguiendo el levísimo impulso desde la ingravidad del caer.
Salen de la sala juntas.
Cuando Nerea se gira para ver la sala vacía a su espalda una última vez, el jarrón está lleno de ababoles.
En el pasillo hay un cuadro con un campo de lavanda que Nerea no recuerda haber visto al entrar. Lo dejan atrás sin pararse.
En recepción, Sandra firma algo en un cuaderno y le devuelve el bolígrafo a la recepcionista. "Ha quedado todo muy bonito", dice, y la recepcionista asiente.
Nerea abre la boca, pero Sandra ya está empujando la puerta y la luz de fuera entra de golpe, como si fuera sólida.
Nerea parpadea. "¿Pero qué coño…?"
“¿Te parece normal?” Pregunta, repentinamente enfadada cuando nota cómo la luz hace desaparecer la realidad hasta dejarla fuera de ella. Solos los dos, como siempre que se la lleva. “Entiendo los ababoles. Entiendo el cuadro, por si no llego a ver las flores. Un gesto bonito, vale, gracias. ¿Pero de verdad crees que es el mejor momento para seguir intentando convencerme de lo que somos? ¿Es que no tienes vergüenza?”
"..." Nerea suspira. La luz se retira despacio, como una marea que decide no insistir. Vuelve el ruido: un motor, una persiana.
Sandra no pregunta. Saca las llaves y echa a andar hacia el coche. Nerea la sigue porque es más fácil que quedarse quieta. Entre las baldosas, justo donde estaba parada, hay una rama de romero fresca. No la pisa. No la recoge.
Se mete en el coche y cierra la puerta. Sandra se pone el cinturón sin mirarla.
II. Diecisiete
I am living. I remember you.
Corre.
Todas las mañanas y todas las noches. Casi como si evitara el sol. Antes de que amanezca y después del atardecer.
El impacto de sus pies en el suelo, el sonido de su respiración (el aire, siempre frío, que nunca consigue bajar su temperatura corporal), calcular distancias y racionar su energía. Cuando corre no piensa.
Siente que lleva toda la vida corriendo.
Lleva las mismas zapatillas desde marzo. La suela izquierda está más gastada que la derecha. Tres milímetros. Lo midió una noche que no podía dormir.
El fisio se lo señaló como si fuera un descubrimiento. Ella ya lo sabía.
Se ata los cordones con doble nudo, el derecho primero, siempre, y si se equivoca de orden los desata y empieza otra vez. El reloj va ajustado a la muñeca izquierda, la esfera hacia dentro para que no le roce el hueso. No mira el tiempo. Le interesa el gesto: presionar la correa, sentir el clic, saber que está bien puesto antes de salir.
Corre hasta el parque y cuando llega, camina tres vueltas alrededor de la zona de juegos, acostumbrado a su cuerpo a un ritmo más tranquilo antes de parar. Se siente ligera, con los pulmones flirteando con la idea de abrirse a la noche y entregarse a ella, salir volando y acabar en el estómago de alguna ballena. El cansancio de sus músculos es lo único que la mantiene atada al suelo.
Bebe agua de la fuente, que está lo suficientemente fría para que entumezca su lengua y no note el sabor. Odia cargar con una cantimplora cuando corre. Tampoco soporta la sensación de llevar una mochila con agua a la espalda. El sudor hace que quiera retorcerse y arrancársela. Y llevar las correas más sueltas solo hace que bote. El agua de la fuente es la mejor opción.
Han reparado la farola que se estropeó en noviembre.
Vuelve por el mismo camino de siempre. No es el más corto, pero es el que tiene menos cruces y menos posibilidad de encontrarse con alguien a estas horas.
Pasa por delante de la panadería que abre a las seis. El olor a masa caliente le llega desde la rejilla de ventilación y aprieta el paso sin pensar. Antes compraba una napolitana de chocolate cada mañana. Ahora cuenta los pasos hasta que el olor desaparece. Hoy son diecisiete.
Sube las escaleras en vez de coger el ascensor porque no le gusta esperar a que baje. Tercer piso, sin respirar fuerte, un tramo cada cuatro segundos. Abre la puerta, entra, la cierra con llave y la comprueba dos veces. Se quita las zapatillas y las deja contra la pared de la entrada, las puntas mirando hacia fuera. El piso huele a limpio porque siempre huele a limpio.
El teléfono suena justo cuando va a meterse en la ducha y el sonido la paraliza. Está desnuda, no puede coger el teléfono. Pero si no lo hace seguirá sonando, tal vez incluso llamen una segunda vez. Es demasiado temprano para la estridente melodía del aparato, al que nunca ha conseguido bajarle el volumen. Tiene que cogerlo.
Se pone el albornoz y acude al salón.
Se tiene que agachar para descolgar el teléfono fijo, porque el cable siempre se enreda sobre si mismo acortando su longitud y solo puede desenredarlo si usa las dos manos. Por eso suele preferir llamar desde el móvil aunque esté en casa.
“¿Diga?”, pregunta, entre molesta y distraída. Está incómoda, sudada, no se quita de la cabeza la idea de que está manchando el albornoz y de que tendrá que echarlo a lavar antes de meterse a la ducha. Está descalza y le pican las manos.
Alguien contesta al otro lado del teléfono.
Así es como empieza.
III. Trescientos cuarenta y tres
I have done it again. / One year in every ten / I manage it—
La conversación dura menos de dos minutos. La voz al otro lado es la misma de siempre: tranquila, sin prisa, como si llamar a las seis de la mañana fuera lo más normal del mundo. Nerea no la ha oído en mucho tiempo, pero la reconoce antes de que termine la primera frase. Hay gente que cambia con los años. Esta persona no.
Le pide algo. No lo plantea como un favor, aunque ambas saben lo que es. Nerea escucha, dice que sí, apunta una dirección y una hora en el margen de una factura vieja. No hay cortesía ni de un lado ni del otro. Hace años que esa cortesía se gastó, y lo que quedó debajo es más sólido y más incómodo: una deuda que Nerea lleva encima como la suela gastada de la zapatilla izquierda. Algo que nota solo cuando se para a medirlo, pero que está ahí en cada paso.
Cuelga. Se queda un momento de pie, con el cable del teléfono todavía enrollado en los dedos y el albornoz húmedo y frío contra la espalda. Lo primero que piensa es que ahora sí puede ducharse. Lo segundo, que tendrá que reorganizar la mañana. Lo tercero no llega a pensarlo porque ya está en el baño abriendo el grifo.
El edificio, si puede llamarse así, tiene dos plantas. En cada una un apartamento. Nada más entrar hay un recibidor compartido: al fondo la puerta al piso de abajo, a la derecha las escaleras al piso superior.
El hueco de las escaleras donde solían dejar sus bicis al entrar (las ruedas llenas de barro, la pintura cascada, las ruedas siempre mal hinchadas) está ahora tapado por una cortina que parece tener tantos años como la casa. Está solo semi-corrida y deja ver una docena de cajas de cartón excesivamente precintadas.
El suelo está limpio.
Nerea sube hasta el rellano y se queda quieta. La puerta del piso de arriba está entornada. Una rendija. Lo justo para que la inviten sin invitarla. Lo justo para que parezca que la decisión es suya.
Dentro suena un pitido corto, repetido. Microondas. Luego otro, más fino. Un temporizador. Nerea mira al techo, como si el techo tuviera culpa, y se nota la humedad en la nuca bajo el albornoz que ya no debería llevar puesto, pero que su cuerpo todavía recuerda.
“Te dije que vinieras puntual,” dice la voz, y no suena enfadada. Suena como alguien que colecciona reglas porque le dan calma. Nerea apoya los dedos en la pared un segundo, solo para no dar el paso todavía. “¿Vas a quedarte ahí mirando la cortina o vas a entrar?”
Reprime su respuesta automática (“no se ve la cortina desde aquí”) y empuja la puerta a la vez que entra.
El primer paso dentro del piso es duro. Es como meter el pie a la fuerza en asfalto líquido que ya ha empezado a secarse. La inundan las emociones: amor, frustración, tristeza, ilusión... No todas son suyas. Ve un parque al atardecer, la última luz del día filtrada entre las hojas de los árboles. Una cafetera sobre los fogones, el café bullendo dentro. Un suelo de madera manchado de una sustancia oscura.
Cuando su pie toca el suelo, las imágenes desaparecen. Su cuerpo vuelve a ser suyo y sus emociones un misterio a deducir.
“Dijiste que debía recogerlo a las doce y tres.” Alza la bolsa de papel que lleva en la mano, como si el pasillo al que ha accedido no estuviera vacío y Samuel pudiera verla. Sigue el olor hasta la cocina, la segunda puerta a la derecha. “Lo he recogido a las doce y tres.”
Samuel está de espaldas, vertiendo algo del microondas en un bol demasiado pequeño. La cocina está limpia de una forma que no tiene que ver con la limpieza: tiene que ver con la colocación. Todo equidistante, las etiquetas mirando hacia fuera, las tazas colgadas por ángulo de asa.
Nerea deja la bolsa en la mesa.
"En la mesa no."
La mueve a la encimera.
"En la encimera tampoco."
La sostiene en el aire, delante de ella, como una niña entregando los deberes. Samuel se gira, la mira, mira la bolsa, y la coge. La abre y examina el contenido con la expresión de alguien que comprueba si un paquete ha sobrevivido al transporte.
"Bien," dice. Nada más.
Pero ya está sacando un segundo bol, y la cuchara que pone dentro es la única que hace juego con la primera. Nerea mira la cuchara. Mira el bol. Mira la distribución de los objetos en la encimera y por un segundo cree ver la lógica, pero entonces se fija en que el salero está dentro de la nevera, que está abierta, y el trapo de cocina cuelga del pomo de un armario que no tiene nada dentro. La lógica se le escapa como un pez morado.
Samuel le hace un gesto para que le siga y se encamina hacia el fondo de la cocina. Hay una puerta oxidada que parece estar esperando, con paciencia infinita, a que la humedad acabe con ella. Samuel la abre de una patada sin preocuparse de si podrá cerrarla después. Nerea mira las bisagras. Gastadas. Suspira.
La sala a la que acceden no tendrá más de tres metros cuadrados. Tiene una única ventana (rectangular, pequeña y traslucida por la suciedad acumulada en el cristal viejo). En el suelo, un gran plástico que cubre toda la madera de esquina a esquina de la habitación que ha sido asegurado con cinta a la parte baja de la pared para que no se mueva. No se forma una sola arruga.
En el centro de la habitación hay una pequeña caja de madera oscura.
Nada más en la sala.
Samuel se sienta en el suelo frente a la caja depositando también los cuencos en el suelo: uno directamente frente a él y otro más allá de la caja.
Nerea cierra la puerta, dejándolos casi sin luz, y se sienta frente al otro plato de sopa. Samuel remueve la suya con aparente calma, casi como si estuviera aburrido.
Según el reloj de Nerea, son las doce y treinta y siete.
“Cuando quieras.” Samuel no levanta ni la vista, esperando.
Dentro de la caja hay una seta. Ah.
Nerea contiene las ganas de salir por donde ha entrado y no volver. No sabe por qué no lo hace. Odia haber venido. Odia haber tenido que cambiar sus planes. Se odia a sí misma mientras saca de la bolsa que ha traído el bombín de una cerradura (nuevo, brillante, lo más brillante en la habitación) y lo coloca dentro de la caja.
Samuel entonces coge su plato y vierte la sopa dentro, hasta que la seta y el bombín desaparecen entre líquido y fideos.
Cierra la caja.
“Ya puedes empezar a comer.”
Nerea obedece.
“¿Para qué es la llave?”
“Come.” Sigue sin mirarla, su atención en la caja.
“Estoy comiendo.” Y es cierto, cucharada a cucharada, sin precipitarse y sin levantar el plato del suelo, aunque lo último con gran fuerza de voluntad. Trata de no derramar nada, pero no es fácil.
No le responde y ella no vuelve a preguntar.
Cuando termina de comer, Samuel abre la caja. Está vacía -seca, también- salvo por una llave de metal de aspecto antiguo pero reluciente, como recién salida de la forja.
Samuel se la tiende.
Nerea no la coge. Se queda mirándola en la palma de Samuel como si fuera un insecto que pudiera moverse.
"¿Qué se supone que quieres que haga con eso…?"
"Es una llave." Samuel señala el bombín con la barbilla. "Tienes una cerradura."
La forma en que lo dice, sin énfasis, sin expectativa, como si le estuviera explicando que dos y dos son cuatro. Nerea cierra los ojos un segundo más largo de lo normal.
"Samuel." Lo pronuncia entero, las cuatro sílabas, que es lo que hace cuando necesita que preste atención. "¿Cuántos intentos han sido esta vez?"
"Trescientos cuarenta y dos." Está recogiendo los cuencos y colocándolos uno dentro del otro. Los deja en el suelo, contra la pared, el de arriba girado noventa grados respecto al de abajo. "Este es el trescientos cuarenta y tres."
"¿Y sabes qué hace esto, o…?"
"No tengo ni idea." Lo dice sin levantar la vista, con el mismo tono con el que alguien admitiría que no sabe qué día es. "Nunca había aparecido una llave. Hasta ahora solo bebía sopa." Pausa. "Ahora, prueba."
Nerea le da vueltas a la llave entre los dedos. Es más pesada de lo que parece, o quizás es que no le apetece moverse. El bombín sigue en la caja, seco como si nunca lo hubiera tocado la sopa. Le cuesta reconciliar las dos cosas: la llave que no existía y el bombín que ella compró ayer en una ferretería del barrio por siete euros con cuarenta.
"¿Qué esperas que pase?" pregunta, sin moverse.
"No espero nada." Samuel se ha sentado con las piernas cruzadas y las manos sobre las rodillas, como si meditara, aunque Nerea sabe que solo está cómodo así. "Por eso lo apunto."
Se arrodilla frente a la caja con toda la desgana que su cuerpo es capaz de comunicar. Introduce la llave en el bombín y la gira. El mecanismo cede con un clic limpio, casi bonito.
Espera. No sabe bien a qué. El plástico del suelo sigue sin una arruga, la ventana filtra la misma luz polvorienta, y Samuel no se ha inmutado. Si la habitación le debe algo, no parece tener intención de pagarlo.
"¿Ya?"
Samuel no contesta. Saca del bolsillo interior de la chaqueta una libreta pequeña, del tamaño de una mano, con la espiral aplastada de tanto uso. Escribe algo con un bolígrafo que parece tan viejo como la casa, la punta inclinada en un ángulo que solo tiene sentido para él. Cierra la libreta. Se la guarda. Se levanta, recoge los cuencos del suelo (los saca de su posición contra la pared y se los lleva encajados bajo el brazo, el de arriba todavía girado) y sale de la habitación sin mirar atrás.
Nerea se queda un segundo más de rodillas, con la llave todavía en la mano y la impresión de que acaba de participar en algo que no le corresponde entender. La deja dentro de la caja, se levanta, y lo sigue.
En la cocina, Samuel lava los cuencos. Uno, luego el otro. Los seca con un trapo que no es el que cuelga del pomo. Los coloca en el estante, equidistantes, las asas orientadas a las dos en punto. Nerea lo observa desde el marco de la puerta, los brazos cruzados, esperando algo que se parezca a una explicación o al menos a una despedida.
"Puedes irte," dice Samuel, sin girarse.
"Ya."
Baja las escaleras. Pasa por delante de la cortina, las cajas, el recibidor. Abre la puerta de la calle y la cierra detrás de ella. El aire de fuera está frío y le da en la cara como un favor que no ha pedido. Camina sin mirar atrás.
En la habitación del fondo, sobre el plástico limpio, dentro de la caja abierta, junto a la llave que ya no brilla, hay un tallo verde. Fino, recto, apenas unos centímetros. En la punta, un capullo cerrado. Y en el cristal sucio de la ventana, durante un segundo que nadie ve, la suciedad deja pasar un hilo de luz que toca el tallo y lo hace temblar.
Después, nada.
IV. Tierra húmeda
Between my finger and my thumb / The squat pen rests. / I'll dig with it.
"Estás cavando tu propia tumba."
La primera vez que Nerea escuchó la expresión no era más que una niña. Estaban en la casa del campo y discutía con su madre sobre algo. No recuerda el qué (siempre había algo), pero recuerda con claridad las palabras de su padre. Su tono. Como el agua que el subsuelo ha filtrado y nace clara para dar lugar al río.
No la entendió entonces, igual que no entendió cómo su madre podía no comprender lo que le estaba tratando de explicar.
Ahora, mientras escribe a Sandra para decirle que ha visto a Samuel, casi puede oler la tierra. Siente el calor del verano, el ruido de los insectos presiona contra su piel y una brisa suave que no existe le eriza la piel sin tocarla.
La tierra está humeda.
El mensaje se envía y Sandra aparece en línea al instante. No tarda nada en empezar a escribir una respuesta.
Cavar, piensa, es fácil.
Pasa un momento. Sandra deja de escribir. La llama. Nerea contesta al primer tono.
"He ido a ver a Samuel."
Silencio. No el silencio de quien procesa una sorpresa, sino el de quien se está poniendo los zapatos.
"Llego en veinte minutos."
Sandra llega en dieciocho. Trae comida. Comen en la mesa de la cocina sin hablar mucho. Sandra le pregunta qué quería Samuel y Nerea se lo cuenta: la caja, la seta, la sopa, el bombín, la llave. Dicho en voz alta suena absurdo.
Sandra asiente como si le estuviera contando que ha ido al dentista.
La cosa -y es la cosa que las dos saben y han sabido desde que eran dos crías que se juntaban en el parque a meter hierbas en un pequeño hoyo con agua mientras sus padres se sentaban juntos a la sombra a charlar-, la cosa es que Samuel no fue adoptado.
La madre de Nerea estuvo embarazada de él. Durante treinta y nueve semanas y tres días.
De los dos, Samuel es el pequeño.
Fue un parto natural.
Ese día Nerea se quedó en casa de Sandra. Sus padres la dejaron allí a las cuatro y veinticinco de la tarde antes de ir al hospital. Iban tranquilos, sin prisa. Su madre se encogía con cada nueva contracción; respiraba largamente, como quién hincha un globo con esfuerzo, y volvía a erguirse.
Sandra y ella nunca lo han hablado. Siempre lo han sabido. Miradas compartidas hacia el vientre de la madre de Nerea, mucho antes de que se empezara a notar el embarazo. El cambio en sus juegos (“ahora tenemos que estar muy en silencio”, “para, deja los caramelos”, “ya no puedes hacer eso”). Los girasoles del jardín, mirando hacia la casa en lugar de al sol.
Mientras se toman un vaso de leche tras la cena, vuelven a saberlo sin decirlo.
Samuel es la llave que aparece en la caja tras una ceremonia sin ritual. Es el producto de un intercambio bajo reglas sin escribir.
Samuel no lo supo durante mucho tiempo, pero acabó por darse cuenta. De que su madre guardaba los platos sucios en el armario y luego salían limpios. De que su hermana podía lastimarse las rodillas al caerse, pero nunca manchaba el pantalón. De que su padre adoraba escuchar música, pero no cantaba nunca. De que Sandra guardaba en los bolsillos cromos arrugados y caramelos de limón y luego sacaba cartas que los chicos del cole se peleaban por cambiarle.
Samuel no fue adoptado. Samuel, sin embargo, las dos lo han sabido siempre, tampoco es su hermano.
Sandra se va sobre las nueve.
Nerea cierra la puerta. Cerradura. La comprueba. La comprueba otra vez. Se lava los dientes. Se acuesta.
A las cinco y media suena la alarma.
Se ata los cordones con doble nudo, el derecho primero. Se ajusta el reloj a la muñeca izquierda, la esfera hacia dentro para que no le roce el hueso. Presiona la correa hasta que siente el clic. Sale.
El aire de antes del amanecer tiene un filo que le gusta. Le hace sentir los bordes del cuerpo: muñecas, cuello, tobillos. El primer kilómetro es el peor. Después del segundo cruce, las piernas se callan.
Llega al parque y camina las tres vueltas alrededor de la zona de juegos.
El césped huele fuerte esta mañana, más de lo normal para esta época del año, un olor denso y húmedo que le llena la nariz sin que pueda evitarlo. Los pulmones le flirtean con la idea de abrirse a la noche, como siempre, pero hoy la noche no se acaba donde suele. Hierba cortada debajo. Tierra debajo de eso. Algo más debajo que no sabe nombrar.
Bebe de la fuente. El agua fría le entumece la lengua. Traga. Traga otra vez.
Vuelve por el mismo camino. Pasa por delante de la panadería. El olor a masa caliente sale por la rejilla. Cuenta. Veintiuno. Se para. Vuelve al punto desde donde empezó a contar. Siguen siendo veintiuno.
Se queda quieta un segundo en la acera, con la respiración controlada. Sigue corriendo.
Sube las escaleras, tercer piso, un tramo cada cuatro segundos. Abre la puerta, entra, cierra con llave. La comprueba. La comprueba otra vez. Zapatillas contra la pared, puntas hacia fuera.
Se queda quieta en la entrada. Ladea la cabeza.
Va a la cocina, abre el armario de debajo del fregadero, lo cierra. Se agacha junto a la junta de los azulejos, pasa el dedo. Se levanta, va al baño, se asoma. Vuelve a la cocina. Abre la nevera, la cierra.
Se queda de pie en medio del pasillo con los pies descalzos y la frente arrugada, como un animal que ha oído algo que no debería estar ahí.
Pasa un segundo.
Es un perro que levanta la cabeza de las patas porque algo lo ha hecho despertar. Tal vez algo real, tal vez parte de un sueño.
Otro.
Como un zorro polar que escucha roedores bajo la nieve. Su oído ha evolucionado para detectarlo. El zorro que no escucha se muere de hambre.
Un momento más.
Un gato que mira a la nada, avistando un reflejo, una sombra, un resquicio hacia otro mundo.
Quieta, a la espera. Pero nada se mueve en el silencio. El perro apoya la cabeza, el zorro marcha a otro lugar, el gato finge que no ha pasado nada.
Al final, se mueve ella.
Va al baño. Abre el grifo y espera. Se desnuda. Dobla la ropa sobre la tapa del váter: camiseta primero, pantalón después, la ropa interior encima.
Mete la mano bajo el agua. Caliente. Entra.
El agua le cae en la nuca, en los hombros, en la espalda, y su cuerpo se acuerda de que es un cuerpo y no solo un instrumento que corre y comprueba cerraduras. Los músculos se relajan en un orden que ella conoce bien: primero los gemelos, luego los muslos, la espalda baja al final, siempre la espalda baja al final, terca como un perro que no suelta lo que lleva en la boca. Cierra los ojos y baja la mirada. Las manos le cuelgan a los lados, delgadas, con los nudillos marcados y las uñas cortadas recto. Los hombros se le curvan ligeramente hacia adelante. No sabe desde cuándo. El pelo corto se le pega a la nuca. Esto es lo que necesita después de correr: recuperar los límites de su cuerpo.
Se enjabona. Los brazos, el cuello, detrás de las orejas. Lo mismo cada día. Sandra, que se ducha de una forma que Nerea solo puede describir como caótica —un pie primero, luego el pelo, luego la rodilla izquierda, como si su cuerpo fuera un mapa que recorre sin plan—, una vez le preguntó por qué siempre seguía el mismo orden. Nerea no supo qué contestar. Es como preguntar por qué se lee de izquierda a derecha. Simplemente es la dirección en la que las cosas van.
Se aclara. Se pasa los dedos por el pelo. Limpio.
Sale. Se seca. Se viste. Se mira en el espejo —la mancha vieja en la esquina, la que lleva ahí desde que se mudó, la que intentó limpiar durante dos semanas y luego decidió que era del espejo y no suya—. Se ata los cordones con doble nudo, el derecho primero. Se ajusta el reloj a la muñeca izquierda, la esfera hacia adentro y la correa hasta el clic.
Va a la cocina. Tiene hambre, lo cual es normal. Siempre tiene hambre después de correr. Enciende el hervidor y saca una taza del armario, la de rayas azules que Sandra le regaló hace tres años y que es la única que no le molesta en la boca. Las otras son demasiado gruesas o demasiado finas en el borde. Esta es exacta. Sandra no lo sabía cuando la compró. Acertó por accidente, que es como Sandra acierta casi todo, con una naturalidad que Nerea no entiende y que a veces le da un poco de rabia y a veces le da algo que se parece al alivio. Se agacha para sacar el pan del armario de abajo.
Está de pie junto a la encimera. Las manos secas. El hervidor apagado, frío al tacto. En la taza de rayas azules hay té. La bolsa todavía dentro, el agua oscura. Mira la taza. Mira el hervidor. Toca el hervidor: frío. La taza está caliente.
Se sienta. Se bebe el té despacio, porque hay que beberlo despacio; eso lo sabe cualquiera. Está exactamente como le gusta: fuerte, sin azúcar, la bolsa demasiado tiempo dentro. La saca con la cuchara; la deja en el platito que siempre usa para eso.
El platito no está. Hay un espacio en la encimera, al lado de la taza, donde siempre lo deja, pero está vacío. Limpio. Deja la bolsa de té directamente sobre la encimera y le molesta. Le molesta mucho. Pero no se levanta a buscarlo.
Se termina el té. Lava la taza, la seca y la guarda en el armario. Limpia la marca que la bolsa de té ha dejado en la encimera. Dobla el trapo. Lo cuelga del tirador del horno.
Fuera está amaneciendo. La luz entra por la ventana de la cocina con esa timidez de las seis y media, como si no estuviera segura de que le han dado permiso para entrar.
Samuel le escribe.
Dice que Sandra le ha dicho de quedar los tres esa tarde.
Hay un sueño que tiene desde cría.